“La mies es abundante y los obreros pocos; rueguen, pues, al dueño de la mies que envíe operarios a su mies” (Lc 10,2).
Esta Palabra de Dios nos viene bien para entrar en el mes de octubre, mes de la “misión por antonomasia”. Nos invita a meditar con fe, esperanza, caridad y generosidad nuestra vocación y nuestra misión en nuestro contexto de crisis generalizada. El Papa Francisco nos anima y nos exhorta a seguir siendo portadores de la redención del Señor a los presos, a los refugiados y los migrantes, a los que caen en las redes de la trata de personas, a los adultos vulnerables, a los niños huérfanos y explotados (…) a todos los que son descartados por la sociedad, para llevarles la ternura y la misericordia de Dios.
En cuanto sembradores y servidores de la esperanza que brotan de la fe, debemos estar atentos para no caer en la trampa del juego de palabras huecas, para no pecar contra la misericordia y la caridad, fundamento de nuestro ser, no solamente como cristianos (1Co 13, 1-4), sino también como mercedarios cuyo maestro y modelo es Cristo Redentor, quien con su vida, pasión, muerte nos ha liberado de toda esclavitud.
Con el Misterio Pascual, el Resucitado con su Espíritu nos introduce en el misterio de la divinidad de Dios y nos capacita para participar en la redención del mundo; redimidos para redimir, somos llamados a ser efectivamente sus testigos, “la sal de la tierra y la luz del mundo” (Mt 5, 13-16). En efecto, “impulsados por la caridad; nso consagramos a Dios con un voto particular, en cirtud del cual prometemos dar la vida como Cristo la dio por nosotros, si fuere necesario, para salvar a los cristianos que se encuentran en extremo peligro de perder su fe, en las nuevas formas de cautividad”.
El Magisterio nos recuerda que “Dios nos empuja a partir una y otra vez, a partir y a desplazarnos para ir más allá de lo conocido, hacia las periferias y las fronteras. Nos lleva allí donde está la humanidad más herida y donde los seres humanos, por debajo de la apariencia de la superficialidad y el conformismo, siguen buscando la respuesta a la pregunta por el sentido de la vida”.
En tal contexto, debemos velar por nuestra manera de ser, cuidar nuestro testimonio de vida en este mundo saturado de malas noticias. Lo que somos comunica más de lo que hacemos o decimos: “Es vuestra vida la que debe hablar, una vida en la que se transparenta la alegría y la belleza de vivir el Evangelio y de seguir a Cristo”. El Papa Francisco dice que está “convencido de que no hay crisis vocacional allí donde hay consagrados capaces de transmitir, con su testimonio, la belleza de la consagración. Si no hay testimonio, si no hay coherencia, no habrá vocaciones. Y a este testimonio están llamados. Este es su ministerio, su misión”. Ahora bien, ¿cuándo podemos decir que somos testigos de neustra fe en Jesús? “Nos convertimos en testigos cuando, por nuestras acciones, palabras y modo de ser, aparece Otro y se comunica. Se puede decir que el testimonio es el medio como la verdad del amor de Dios llega al hombre en la historia, invitándolo a acoger libremente esta novedad radical. En el testimonio, Dios, por así decir, se expone al riesgo d la libertad del hombre”. Damos testimonio de nuestra fe cuando amamos de verdad, no solo de palabras sino de obras. Damos testimonio de nuesta fe cuando vivimos con alegría y gozo nuestra consagración religiosa. (…) En definitiva, el testimonio de una alegre consagración es lo importante. No hace falta más.
Nuestro discurso debe reflejar nuestra identidad, porque en el fondo hay una crisis de identidad, y suscitar esperanza para este mundo marcado por el afán de ganancia, cautivdo por el resentimiento, el miedo y la indecisión. Y como sugiere J-B Metz, cabe plantearnos cómo podemos hablar de Dios a la vista de la inescrutable historia de sufrimiento del mundo, de “su” mundo. ¿Cómo hablar de Dios desde la crisis y el sufrimiento? Esto puede constituir un tema un tema para nuestra meditación personal. Vivimos en “un mundo lleno de contradicciones y en plena crisis -decían los padres sinodales- La ciencia y la teconología dan pasos gigantescos en todos los aspectos de la vida, suministrando todo lo que es necesario para hacer de nuestro planeta un lugar maravilloso para todos nosotros. Sin embargo, las situaciones trágicas de los refugiados, la pobreza extrema, las enfermedades y el hambre matan todavía a miles de personas cada día”.
Necesitamos la sabiduría de Dios que nos libere del miedo del qué sucederá mañana y del peligro de la tentación de supervivencia. Necesitamos una sabidurí del Evangelio que nos lleve a la cultura del encuentro intercultural, interracial, intergeneracional; hay que dar por hecho que el proceso de la internacionalización de la vida consagrada es irreversible y es una cosa buena. Necesitamos una sabiduría de Dios que nos haga vivir en la diversidad, que nos ayude a considerar las semillas de la vida nueva, y a cambiar nuestro imaginario para hacer frente a esta crisis global de la humanidad.
La crisis actual nos desafía a todos. A los mercedarios del tercer milenio nos impulsa a mantener siempre viva la llama de la antorcha de la redención de los cristianos perseguidos y en peligro de perder su fe, como lo han hecho durante ocho siglos numerosos hermanos nuestros siguiendo las huellas de san Pedro Nolasco, nuestro fundador. La crisis nos llama a meditar y a vivir “la revolución del amor”, la revolución de la ternura realizada en el don total de la persona de Jesús en su muerte en la cruz y su resurrección según el espíritu y la lógica de las bienaventuranzas (Mt 5, 3-12), consideradas como el carnet de identidad del cristiano; a recorrer el camino del buen samaritano (Lc 10, 30-37) para descubrirnos “prójimos” de todos aquellos que la sociedad moderna va marginando, dejando a su propia suerte (muerte) porque no son rentables. Por eso, el Papa rancisco nos invita a oponernos a la cultura del descarte, y no debemos perder de vista que por un lado “El espíritu mercedario supone fundamentalmente el descubrimiento de Cristo, que continúa padeciendo en los cristianos oprimidos y cautivos, expuestos a perder su fe; y asume el compromiso práctico de caridad poniendo la propia vida al servicio de estos hermanos para que vivan la libertad de hijos de Dios. Por eso, los mercedarios debemos ser fuertes en la fe, eximios en la caridad y firmes en la esperanza del Reino de Dios. Viviendo estas tres virtudes experimentamos a Dios como poder de redención, que se ha encarnado por Jesucristo en nuestra tierra”.
Por otro lado, la lógica de las bienaventuranzas exige tener atención preferencial con el pobre y desvalido (Sal 40, 2-14), el hambriento, el enfermo, el drogodependiente, el extranjero, el humillado, el prisionero, el emigrante despreciado, el refugiado o el desplazado. La respuesta a sus necesidades en justicia y caridad depende también de nosotros. A fin de cuentas, la lógica de las bienaventuranzas supone y exige comprometerse y luchar con determinación contra esto que el Papa Francisco llama nuevas formas de pobreza y fragilidad humana.
De hecho, “las nuevas pobrezas interpelan la conciencia de muchos consagrados y piden a los carismas históricos nuevas formas de respuesta generosa ante las nuevas situaciones y los nuevos descartados de la historia”.
En definitiva, la lógica de las bienaventuranzas nos invita a pensar en Dios desde los desdichados, desde los nuevos cautivos de nuestro tiempo. Supone además percibir a Dios con los ojos abiertos en medio del sufrimiento humano. “Nos desafía todos los días con muchas caras marcadas por el dolor, la marginación, la opresión, la violencia, la tortura y el encarcelamiento, la guerra, la privación de la libertad y de la dignidad, por la ignorancia y el analfabetismo, por la emergencia sanitaria y la falta de trabajo, el tráfico de personas y la esclavitud, el exilio y la miseria, y por la migración forzada. La pobreza tiene el rostro de mujeres, hombres y niños explotados por viles intereses, pisoteados por la lógica perversa del poder y del dinero”. En pocas palabras, tenemos que atenernos al gran protocolo según el cual seremos juzgados al final de los tiempo, es decir, el criterio de la caridad sin farsa (Mt 25, 31-46).
Fuente: La Merced en la liturgia, 2023-24.