El Adviento son las puertas. Puertas por las que hay que pasar, que se deben atravesar. Puertas que nos permiten llegar, disponibles por su apertura.
El año litúrgico se abre con las puertas de Adviento. Para llegar a la Navidad hay que atravesarlas, dejarse seducir por la belleza de estas cuatro semanas que nos permiten vivir la esperanza como clave cristiana y mercedaria. En esa clave cristiana, nos acerca al nacimiento del Salvador, anticipo también de la vida bienaventurada. Por eso en este tiempo la Palabra de Dios nos va encaminando a este doble encuentro, con el Verbo hecho carne, y con la Palabra eterna de Dios que nos llama a vivir su vida en plenitud.
Y la esperanza es también vivencia mercedaria. Los redentores y los redimidos se nutrían de una fuerte esperanza, de esa virtud que viene de lo Alto para fortalecer el ánimo de aquellos que viven en la cautividad, en el sufrimiento, en la angustia, en su noche oscura, en la que no se vislumbran luces que conduzcan al puerto seguro. Y mientras tanto, nos toca adentrarnos en el misterio del Adviento. Abrir una puerta cada año que nos sitúa de nuevo al comienzo del camino, al inicio de nuestra propia historia. Una historia que no hacemos solos, sino en la fraternidad de la Merced, con unos hermanos y hermanas vinculados por estar llamados a proclamar el año de gracia del Señor. Pasar por las puertas del Adviento es anunciar a todos que la salvación ha llegado, que no hay que esperar más, sino que es tiempo de acoger al que también ha pasado por las puertas para compartir nuestra historia. Ahora lo vemos encarnado en una carne similar a la nuestra en la esperanza de María, la mujer del Adviento.
Santa María se lanza a cruzar las puertas con su fiat, con su sí generoso, sin medida y sin cálculos egoístas, sin pensar en su conveniencia o provecho, abierta a la sorpresa del misterio de Dios que la sostiene, la envuelve y la abarca. Ella es la figura del Adviento que, tras atravesar la puerta se nos muestra como puerta por la que llegar a Cristo, esperanza de la humanidad, donde el corazón humano encuentra su descanso. Santa María ha sido capaz de entrar por las puertas de Dios, en esa ciudad santa, en esa fortaleza de los que se sienten frágiles antes de iniciar la marcha al encuentro de la Palabra hecha carne, encarnada en su seno, enraizada en la fragilidad humana.
María nos abre las puertas para acceder al Verbo encarnado que nos redime de la cautividad del pecado y de la muerte a todos los que vivimos en las tinieblas que nos impiden llegar hasta Dios, para levantarnos tomando nuestra mano a los que estamos anclados en las cadenas, y nos envía a ser mensajeros de esta misma esperanza con su Madre, la mujer del Adviento, de las puertas abiertas a Dios, la Madre de la santa esperanza.
Fuente: La Merced en la Liturgia, 2023-24.