Ya está aquí, como cada año, la señora Cuaresma. Nos empeñamos en dibujarle una cara larga y seria, como si con ella la fiesta se hubiera acabado para siempre y la vida se vistiera de luto permanente.
Pero la cuaresma es, por naturaleza, una mujer alegre. Eso sí, una mujer peregrina, que está de camino y nunca se queda. Una mujer que señala y nunca a ella misma.
Cuaresma es tiempo de mirar al horizonte de la Pascua. Hacia allá se dirige presurosa y lleva, como las mujeres del evangelio, aromas y aceites para ungir los pies de su Amor. Cuaresma es una mujer enamorada. Pasará por el Tabor y se quedará algún tiempo en Betania, pero lo suyo es caminar. Pasará por el desierto y sentirá la sed y el hambre de las tierras salobres e inhóspitasm como tentaciones que secan la boca y el alma. Pero ella seguirá incansable hacia Jerusalén, donde tiene su posada y su horizonte.
Cuaresma tiene mucho de Merced porque es anuncio de un tiempo nuevo de gracia y liberación. Es buena nueva, Laetare, que nos acerca a la alegría definitiva y Pascual. Más que sacrificios quiere justicia y amor incondicional. Es enemiga de grilletes y mazmorras y ansía un día nuevo de liberación integral.
¿Quién ha dicho por ahí que la Cuaresma es una señora poco recomendable por su carácter serio y enlutado?
Es la señora del Tabor y del Laetare, del triunfo de la gracia sobre el pecado y del anuncio de vida abundante para todos.
A la señora Cuaresma le gusta vestir austeramente, no comparte grandes manjares ni solemnidades y es parca en su alimentación, porque quiere mantener su línea. Por eso recomienda verdura y pescado más que carne.
Pero más que su alimentación, a la señora Cuaresma le gusta la limosna y la misericordia. Que se abran las prisiones injustas y se anuncie un tiempo nuevo de gracia y esperanza donde todos se sientan convocados a la mesa de la concordia (Concordia – Con-corazón).
Fuente: “La Merced en la liturgia, 2025-26”.